Cascabeles en el rostro




La tristeza es una vela que se apaga, es un hoyo en el corazón del alma, es una piedra que desgarra la garganta, es ausencia sin olvido. La tristeza es una palabra dura de labios resecos, es como un ardor en las entrañas que no acaba de quemarse, es como un lamento que no acaba de expresarse, pero, sobre todo, la tristeza, es una piedra redonda.

Coyolxauhqui, la de los cascabeles en la cara, diosa de la luna, sabe muy bien el significado de la palabra tristeza. En su dura prisión de piedra, la ha sentido cada segundo de cautiverio. Petrificada e inmóvil, encerrada en el monolito circular, ha pensado mucho en su madre y en su hermano Huitzilopochtli. Ha pensado en el odio que sintió al saber que su madre estaba embarazada una vez más. “¿Quién era el padre? ¿Por qué iba a tener otro hijo? ¿No le bastaban ella y sus cuatrocientos hermanos, las estrellas del sur? ¿No era suficiente con ellos?” Se sintió herida, se sintió sola, abandonada y traicionada por aquella que debía amarla sobre todas las cosas. ¡Y la odió! La odió con un odio profundo y espeso como la sangre derramada y coagulada sobre el piso de tierra seca. La odió con el odio amargo y vociferante que ensordece la cordura y lleva a hacer las peores cosas. Sintió tanto dolor que quería que su madre padeciera lo que ella estaba padeciendo, que atravesara el infierno que ella estaba recorriendo. Y se lanzó contra ella, armando a sus hermanos para la guerra. Cuatrocientas estrellas luminosas la siguieron empuñando sus escudos, cuatrocientas estrellas la escoltaron sosteniendo sus macanas provistas de afiladas navajas de obsidiana. Pero entonces su hermano Huitzilopochtli nació armado para la guerra con su prodigiosa xiuhcoátl, un arma tan fantástica y poderosa que ninguno de los cuatrocientos surianos la pudo resistir. Todos fueron abatidos, derrotados lastimosamente, injuriosamente; y a ella, instigadora del matricidio y líder de la revuelta, la había cortado en seis partes. 

Eso fue hace mucho, en el tiempo nebuloso del sueño profundo, antes del tiempo. Pero luego, con tantas vidas a cuestas encerrada en esa piedra circular, su locura homicida había pasado, y Coyolxauhqui había comprendido que su odio no fue sino una declaración de amor no correspondido, un amor frustrado, un amor herido. Y entonces todo fue tristeza desbordada. Y si la ciudad de México no estuviera dormida bajo la espesa lluvia, habría atestiguado un milagro. Porque el monolito de la diosa de la luna empieza a humedecerse a la altura de los ojos, y luego, derrama una lágrima oscura, que se escurre lentamente sobre la superficie de piedra, una lágrima doliente que lava toda la culpa que Coyolxauhqui tiene aprisionada en sus entrañas. Y la lágrima ácida, corta la piedra y la prisión se rompe, se fragmenta en cientos de pedazos que estallan en una maravillosa explosión de luz. Y entonces, la diosa de la luna renace del polvo chamuscado, más brillante y hermosa que nunca. Es una diosa nueva y deslumbrante, ha atravesado el sufrimiento y el odio, y eso la ha liberado.

Pero ahora Coyolxauhqui tiene hambre. Como todos los dioses, necesita alimentarse tras el largo ayuno, ha aprendido que su alimento es la sangre. Busca con desesperación el líquido divino, pero en el Museo del Templo Mayor solo hay dioses petrificados. Las piernas no le responden y se derrumba sobre el piso de losetas de mármol gris. Su debilidad es manifiesta y este es el peor momento para estar débil, pues las hordas de la O. S. A. están ya avanzando a toda prisa sobre el puente que lleva a la entrada principal del museo. Escucha el golpeteo de las botas sobre el piso de cemento del puente, acercándose peligrosamente. ¿Qué puede hacer para resistir a esos guerreros que buscan destruirla? Porque en la mente de todos está ella: Coyolxauhqui. Aunque hay otros dioses petrificados en las salas del museo, ella es la que detonó el proyecto de rescate de ese recinto sagrado, ella fue la precursora de la consolidación de la O. S. A. y ella es el principal objetivo a destruir. Y de repente se da cuenta que todos esos humanos creen en ella, puede escuchar sus pensamientos dirigidos a ella en un coro de voces orquestadas afirmando su existencia y su poder. Y de pronto, Coyolxauhqui entiende que no es solo la sangre lo que la mantiene viva, que no necesita arrancarles el corazón a los hombres para ser adorada, que basta con ser pensada para llenarse de poder, que basta que crean en ella para recuperar toda su fuerza. Entonces Coyolxauhqui se siente más viva que nunca. Se yergue de un salto sobre sus dos piernas poderosas y mira su esbelto cuerpo de guerrera nocturna, es un cuerpo elástico y fuerte, apto para la batalla y la seducción. 

En ese momento, la puerta del museo estalla en miles de astillas de vidrio ahumado que vuelan expandiéndose hasta caer sobre el piso de piedra. La batalla ha comenzado. Coyolxauhqui cierra los ojos y escucha los pensamientos de los guerreros que están ahí para enfrentarla. No le hace falta entender sus palabras; ella sabe que el temor reverencial que nubla su mente está dirigido a ella, aunque nadie la haya visto fuera de su cárcel de piedra, aunque nadie la haya visto en toda su gloria y esplendor, aunque nadie la haya visto con el torso desnudo y su piel blanca como la luna, todos sus pensamientos están dirigidos a ella. Y con esto, Coyolxauhqui se ha nutrido de energía y ha recuperado todo su poder.  Entonces la diosa de la luna puede ver lo que va a pasar a continuación. Los agentes de la O. S. A. entrarán al recinto desplegando sus armas listas para hacer fuego, ella se revelará ante ellos y su belleza sobrenatural los cegará, sus intenciones de destruirla se revertirán contra ellos llevándolos a la locura. La teofanía será devastadora. Ante ese espectáculo divino, la razón de sus enemigos se quebrará en un grito y sus armas vomitarán ráfagas de plomo. Se escucharán gritos desgarrados. Todo será caos y olor a pólvora quemada. Cientos de casquillos percutidos caerán sobre el piso en un acompasado tintineo de muerte y terror, de música de balas. Luego vendrá el silencio, porque ya no habrá manos que accionen las armas, porque ya no habrá un solo guerrero en pie para empuñarlas, porque el piso del museo estará sembrado de cuerpos acribillados por el fuego amigo. Todo quedará inmóvil, salvo la sangre que abandonará los cuerpos abatidos como serpientes reptando por el piso de mármol gris, y esas serpientes se juntarán en charcos rojos, como una ofrenda de sangre para dioses silenciosos.

Pero justo cuando Coyolxauhqui piensa que ese baño de sangre es inevitable, escucha a sus espaldas una voz hablando en la lengua de los dioses del Anáhuac, el náhuatl. Gira su cabeza y ve arrodillado a sus pies a Alfredo, quien no osa levantar la mirada. Coyolxauhqui mira con curiosidad a ese humano que sí sabe comportarse con respeto y su corazón se regocija al escuchar la sonoridad de esas palabras. Pero las palabras de Alfredo se pierden bajo el sonido de las botas que avanzan invadiendo el recinto más sagrado de la antigua ciudad, y considerado el mismísimo centro del mundo.

Los agentes de la O. S. A. trepan por las escaleras hasta llegar a la sala dedicada a Huitzilopochtli, listos para destruir a la diosa. La determinación en sus rostros queda oculta por sus rifles de asalto y sus escopetas recortadas con solución petrificante. Casi al mismo tiempo, en el Museo Nacional de Antropología, los escuadrones de la O. S. A. irrumpen al interior del patio central desplegándose estratégicamente para bloquear cualquier intento de fuga. La orden es clara y tajante: los dioses deben ser destruidos a toda costa. Los agentes atraviesan el vestíbulo del museo y llegan hasta el patio central donde la insistente lluvia los obliga a avanzar con el agua hasta las rodillas, pero eso no los detiene, el adiestramiento de estas fuerzas especiales les permite olvidar la adversidad del clima y seguir adelante. Sus manos sostienen los rifles de asalto a la altura del rostro, apuntando a todo lo que se mueva, pero nada se mueve. El museo parece desierto. Un grupo avanza hacia el ala sur y entra en la sala Maya donde encuentran braseros de barro cocido, las figurillas de la Isla de Jaina y estelas de gobernantes, pero a ningún dios escondido. Otro grupo se dirige al ala norte, hasta la sala de Teotihuacán mientras el grueso de los efectivos avanza de frente hacia su principal objetivo: la sala Mexica, donde se encuentran los dioses más peligrosos y poderosos: Coatlicue y Huitzilopochtli. El acceso a la sala Mexica está oscuro y silencioso, entonces, el líder del grupo de vanguardia arroja una bengala. La luz rojiza ilumina la entrada y la fuerza invasora se lanza al ataque en medio del sonido de chapoteos y respirar agitado. Con asombrosa velocidad, los agentes de la O. S. A. avanzan hasta el interior de la sala. Las linternas de sus rifles de asalto iluminan en todas direcciones buscando los monolitos de la diosa de la tierra y del dios de la guerra, pero en el Museo Nacional de Antropología, al igual que en el Museo del Templo Mayor, solo encuentran esculturas inertes, los dioses vivos y latentes, han desaparecido. 

Ante la sorpresa del hallazgo, nadie se da cuenta de que una pequeña puerta disimulada tras el monolito de la Piedra del Sol, también conocido como Calendario Solar, acaba de cerrarse. Un instante después, los dioses principales de la sala Mexica, salen por una puerta de intendencia en el castillo de Chapultepec. Ahí se encuentran con la Coyolxauhqui y sus hermanos, los cuatrocientos surianos. Ante el asombro por la feliz evasión, todos empiezan a hablar de forma atropellada, creando un caos sonoro. Mientras la autora intelectual del escape, Marina, intenta reprimir su curiosidad y no verlos de frente. Pero no puede ocultar una gran sonrisa de satisfacción mientras su prima le da unas palmaditas en el hombro.

-      Acabas de evitar una masacre, primita.
-      ¡Wow! ¡Funcionó! ¡En serio funcionó!

Marina aplaude y salta de alegría mientras estrecha en su regazo uno de los manuscritos del Lugar de los libros que no fueron. Porque en las tardes en que había poco movimiento en la librería de viejo del abuelo, Marina iba a ese lugar olvidado por los compradores, y pasaba largas horas leyendo y explorando esos manuscritos. Y en una tarde venturosa, había descubierto ese paquete de hojas unidas por ligas de goma con el curioso título de: Puertas secretas. Del autor sabía muy poco, solo las iniciales de su nombre: E. N., y su profesión, ingeniero, quien hablaba del descubrimiento de una serie de puertas distribuidas a lo largo de la ciudad, que tenían la poco común facultad de doblar el espacio- tiempo y transportar a sus usuarios a lugares muy alejados en un instante. El autor había podido catalogar alrededor de 50 puertas. No sabía quién las había creado ni por qué, pero su catálogo era bastante exacto permitiendo el escape de los dioses. Quizás fue que, a los editores, el contenido les pareció totalmente inverosímil o simplemente, no lo leyeron, el caso es que el manuscrito acabó en una pila de papeles olvidada hasta que Marina la descubrió y rescató de la inundación.

Coyolxauhqui se inclina ante su madre y aunque Marina no entiende las palabras, sabe que se está gestando una reconciliación en la familia de dioses. Entonces, Alfredo dice:

-      Debemos movernos.

Luego, observa el catálogo de puertas y tras mucho reflexionar dice:

-      Creo que conozco un lugar donde podemos estar seguros.

La extraña comitiva de dioses y humanos sigue a Alfredo atravesando una puerta tras otra hasta llegar a un cubo de escaleras. Medusa dirige una mirada preocupada al evaluador de riesgos. Recuerda esa puerta. La última vez que habían estado ahí, se habían topado de narices con una revelación incómoda. Esa era la puerta del departamento del escritor. La cacería que había emprendido el director de la O. S. A. no les dejaba muchas opciones, tenían que pedir ayuda a su creador. Alfredo les pide a los dioses que se oculten entre las sombras y se encamina a la puerta solo acompañado de Medusa, pero al acercarse, nota una luz blanquecina muy extraña y siente el frío que le entra hasta la médula del hueso. Parece que el escritor no está solo, parece que una fuerza sobrenatural está ahí dentro.

-      ¡Rayos! Alguien se nos adelantó – susurra Alfredo.

Sabe que quien tenga control del escritor, tiene el control de la historia y de su desenlace. Pero no les quedan muchas opciones. En todo caso, deben intentar rescatarlo. Así que, respira hondo y toca la puerta.



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