La hora de los fantasmas





        Las palabras se derriten en el centro del sonido que liberan dos relojes a destiempo. Se ha escondido la inocencia de la luna detrás de la seda de la noche, es la hora de los fantasmas.

        La parvada de patos silvestres se desplaza por los aires en su desesperada carrera hacia el Museo Nacional de Antropología. Las bolsas de sangre que llevan en sus picos deben llegar a tiempo para alimentar a los dioses o serán presa fácil de los comandos de la O. S. A. que intentan destruirlos. Pero la parvada no está sola en el cielo plomizo; dos helicópteros artillados que habían sido enviados para apoyo de las lanchas lacustres, aparecen entre las nubes dispuestos a cerrarles el paso y evitar que lleguen a Chapultepec. Una ráfaga de balas anuncia el inicio de las hostilidades. Vuelan plumas y caen cuerpos destrozados por los impactos de los proyectiles. Los patos descienden en picada intentando eludir el ataque, pero pronto se dan cuenta que no pueden superar a cielo abierto la velocidad y movilidad de las aeronaves.  Un nuevo estampido de metralla y la compacta formación de aves estalla entre huesos rotos, plumas quemadas y sangre que salpica a borbotones. Los helicópteros se mueven con una agilidad letal diezmando a la parvada que no cuenta con otra ventaja que su número. Ante la urgencia de la situación, no les queda otra opción que romper la formación en “V” y separarse volando en parejas.

        El cambio de estrategia es tan rápido que los pilotos quedan confundidos ante la sorpresiva maniobra; tiempo precioso que aprovechan los patos para escabullirse entre las nubes y la oscuridad. Vuelan a baja altura, acercándose peligrosamente a cables eléctricos y azoteas de edificios donde su tamaño e instinto les da una ventaja sobre el tamaño y peso de las aeronaves. La adrenalina del cazador se despierta en los pilotos que se lanzan a la caza de su presa. Siguen el rastro de plumas que se enfilan hacia Tlatelolco, una pequeña ciudad dentro de la urbe de concreto conformada por 102 edificios y 11,916 departamentos que ahora guardan un silencio expectante. Mientras los cazadores se alejan persiguiendo a las parejas de patos, el grueso del grupo, oculto por las sombras, ha retomado su ruta hacia Chapultepec volando casi al ras del agua que inunda las calles.

Los helicópteros de la O. S. A. sobrevuelan el edificio del Centro Cultural Universitario Tlatelolco que domina la Plaza de las Tres Culturas, llamada así por la convivencia de estructuras de tres periodos históricos: el mesoamericano, el colonial y el México moderno. No quieren que las bestias emplumadas escapen, pero las ráfagas de las ametralladoras resultan poco útiles en ese espacio urbano. Entonces, los pilotos descienden sobre el techo del edificio Chihuahua y un grupo de agentes se despliega tomando posiciones con rifles de asalto en mano para actuar como francotiradores. La visibilidad es precaria pues la lluvia no ha dejado de caer con terca insistencia, y las aves vuelan en círculo como si no pudieran escapar a la trampa arquitectónica de la plaza. Uno de los agentes dispara una bengala y otro lo imita. La plaza se ilumina por la intensa luz roja que preludia el baño de sangre que se avecina. Una orden escueta e inicia la balacera. Uno a uno van cayendo los patos con sus cuerpos destrozados, y de pronto, parece que la sangre llama a la sangre, porque la plaza se vuelve difusa, nebulosa. Es como si sobre la superficie del agua que cubre la plaza, se creara un vórtice espacio-temporal o un agujero de gusano; como si un axis mundi rompiera el espacio-tiempo dejando escapar de las brumas del olvido a un escuadrón de guerreros tlatelolcas, último bastión de defensores ante la invasión del ejército tenochca durante la guerra entre las ciudades gemelas. Los guerreros surgen de las aguas armados con sus chimalis, sus espadas de obsidiana y sus lanzadardos o átlatl. A ese grupo se suman los últimos defensores del sitio de México-Tenochtitlan, caballeros águila y tigre expertos en la lucha cuerpo a cuerpo. Luego, flotan sobre la superficie del agua un grupo de zapatos; primero son solo unos pocos, pero pronto ya son cientos, quizás miles de zapatos abandonados, perdidos, separados de sus dueños una tarde del mes de octubre, allí mismo en Tlatelolco. Tras los zapatos surgen manos y rostros tristes. Se escuchan ecos de llanto y voces buscando a un hijo, a una madre, a un amigo. Pronto esas sombras fantasmales llenan la plaza sirviendo como escudo a los patos que quedan todavía vivos.

Los francotiradores apostados en la azotea del edificio Chihuahua hacen fuego contra la multitud. El estruendo de los rifles de asalto mancha el aire con su olor a pólvora quemada, pero ninguna bala da en el blanco, todas atraviesan las figuras espectrales y van a perderse bajo el agua del lago que cubre la plaza. Entre los agentes de la O. S. A. hay desconcierto y confusión, ante ellos ya no tienen a víctimas desarmadas e indefensas. Lo que parecía una práctica de tiro se ha salido de control y ahora están en verdadero peligro. Los escuadrones de guerreros tlatelolcas y mexicas aprovechan el momento de titubeo para lanzarse a escalar la fachada del edificio y algunos de los agentes emprenden la fuga hacia los helicópteros mientras otros agotan todo su parque intentando detener la avalancha enardecida que se les viene encima. Todo es gritos y lamentos de terror. Todo es caos. Los helicópteros intentan despegar, pero son derribados por las mismas balas de los agentes que disparan sin control intentando herir a sus atacantes. Las balas pasan de largo como si atravesaran humo y se impactan en sus compañeros o en los rotores de las aeronaves que quedan varadas al filo del edificio envueltas en nubes de humo y fuego. Después de una lucha desesperada, todo queda en silencio. Todos los agentes y las dos aeronaves han quedado abatidos por sus propias balas.

Acabada la batalla, el vórtice espacio-temporal o axis mundi se abre para recibir a los guerreros tlatelolcas, a los caballeros águila y tigre, y a la multitud de rostros tristes que se llevan sus zapatos para regresar a las entrañas mismas del pasado, a las brumas nebulosas del olvido. Solo la luz de los helicópteros en llamas alumbra lo que sucede en la plaza. Con el sonido de una implosión, el vórtice se cierra y todo queda en calma. Durante unos instantes, todo es silencio e inmovilidad. Luego, el batir de alas se extiende por la plaza y los patos emprenden el vuelo rumbo a Chapultepec en una compacta formación en forma de “V”, saben que su misión aún no concluye y que la sangre debe llegar a su destino para fortalecer a los dioses.

Y si este grupo de patos ha tenido muchas bajas, la otra parte del grupo tampoco ha tenido un día de campo, porque al sobrevolar el Museo Nacional de Antropología, lo han encontrado rodeado de agentes de la O. S. A. fuertemente armados y dispuestos a impedir su paso. Luces antiaéreas improvisadas en las lanchas inflables, iluminan el cielo nocturno disparando sin piedad contra las aves. Casi la mitad del grupo queda abatido en la incursión y son pocos los patos que llegan hasta el interior del museo. Los sobrevivientes con las alas rotas llegan hasta la sala mexica donde Coatlicue, diosa de la tierra, y las Cihuateteo, mujeres muertas en parto, reparten las bolsas de sangre. Los Atlantes provenientes de la sala tolteca se despliegan para bloquear la entrada de las fuerzas invasoras, mientras Huitzilopochtli, dios del sol y de la guerra, pasa revista a los dioses que pueden luchar y organiza la defensa.

Mientras tanto, frente al banco de sangre, Alfredo, Medusa, Silvia y Marina, ven como Cipactli se acerca a la canoa de cañas verdes dispuesto a devorarlos. El terror los ha dejado mudos y sin fuerza para moverse o reaccionar. Entonces se escucha el canto de la diosa Chalchiuhtlicue. Cipactli detiene su avance sorprendido por la dulce voz de la diosa de las corrientes de agua, pero solo es un instante, no se deja seducir por su embriagante melodía y con un terrible gruñido, acelera su embate para acabar con su presa de una vez por todas. Pero una muralla de criaturas lacustres, se interpone entre la bestia acuática y la canoa de cañas trenzadas dándole un instante a la diosa para llegar hasta una ventana del banco de sangre y empujar a los ocupantes de la canoa al interior del edificio. Cipactli rompe la resistencia con facilidad y se estrella contra la ventana haciendo añicos los vidrios. Pero la pared resiste el golpe. Alfredo, Medusa, Silvia y Marina siguen a la diosa y nadan alejándose del peligro, buscan una ruta segura para subir a la azotea del edificio mientras escuchan cómo Cipactli embiste una y otra vez contra el muro haciendo temblar toda la estructura. Al final, la pared no puede resistir más la fuerza del monstruo, y cede cayéndose a pedazos. El lagarto negro entra en el edificio abriéndose paso por los corredores inundados y avanzando con una velocidad asombrosa.  No hay pasillo o puerta que detenga su instinto asesino. La distancia entre la bestia y sus presas se va reduciendo de manera alarmante. Parece que no tendrán escapatoria, pero de pronto, se encuentran en el cubo de las escaleras y fuera del agua. Con el último aliento, suben por los escalones a toda carrera hasta llegar a la azotea del edificio.

Parece que están a salvo. Parece que la bestia no puede seguirlos hasta ese lugar elevado. Parece que el edificio finalmente les ofrece un refugio seguro. Sí, eso parece… Pero no, están equivocados. Porque escuchan el sonido del trueno y un estallido de piedra y varillas rotas que vuelan por los aires hechas polvo. El sonido de la furia de Cipactli se amplifica en los muros vacíos del edificio que funciona como caja de resonancia haciendo temblar el banco de sangre hasta sus cimientos. Un instante después surge del boquete que se ha formado en el techo, la monstruosa cabeza de Cipactli mirando con odio al cuarteto de fugitivos, y en especial, a la diosa Chalchiuhtlicue. Porque la sed de venganza es más fuerte que su voracidad insaciable, y el lagarto negro odia a los dioses desde un tiempo sin memoria. Chalchiuhtlicue se separa del grupo alejando de ellos al monstruo. Intenta apaciguarle con su canto, pero Cipactli ya no se deja enredar por los encantos de la esposa de Tláloc. Su ser es tan primitivo que no entiende las sutilezas del náhuatl, el lenguaje “sonoro como el agua”. La diosa enmudece, y sin su voz fascinante, se encuentra a merced de la bestia acuática. Ya no intenta escapar. Se le acabaron los trucos, no tiene salida. La hermosa Chalchiuhtlicue, la de la falda de jade, diosa del amor y de las corrientes de agua, siente por primera vez lo que es el miedo. Cierra los ojos y nota que una furtiva lágrima se escapa dejando un rastro de llanto en su pálida mejilla. Chalchiuhtlicue queda sorda por el estampido de odio que producen las fauces de la bestia y su cuerpo es expulsado por los aires. Sin sentido, la diosa cae de espaldas sobre el techo de piedra quebrada.  

Sin perder tiempo, Cipactli se abalanza sobre el cuerpo inerte de la diosa y en el momento final, se escucha un disparo. El monstruo se detiene en el aire con las quijadas abiertas. Sus ojos se nublan y en un instante, queda convertido en piedra. Las miradas de Alfredo, Silvia y Marina se dirigen a Medusa, quien sigue con el rifle de operaciones en las manos, apuntando en dirección a la bestia. Una vez que está segura de que Cipactli está totalmente neutralizado, exclama:

-      ¡Vaya! En serio que son efectivos estos juguetes.

Todos se abrazan, aliviados de la extrema tensión experimentada en la persecución. Después de tomar aliento, se acercan a ver a la diosa. Ella sigue inmóvil, demasiado cerca de las fauces petrificadas de Cipactli. Alfredo la saca de ahí y la deposita en un lugar más seguro. Unos instantes después, la diosa reacciona y Alfredo le explica lo que pasó. Pero no hay mucho tiempo para celebraciones, todos saben que el Museo Nacional de Antropología está sitiado y bajo ataque. Si los dioses caen, no habrá quien pueda oponerse a los designios del director de la O. S. A. Aún no han ganado nada y esta batalla, está lejos de haber terminado.

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