Ciudad inundada




Solo basta una llamada para que los engranes de la Oficina de Salvamento Arqueológico se pongan en marcha. Es como un sofisticado mecanismo de alta precisión dispuesto a eliminar cualquier impureza, cualquier amenaza. En cuestión de minutos, los pasillos se llenan de agentes corriendo hacia la bodega de armamentos para reforzar su ya impresionante equipo personal. Hombres y mujeres armados hasta los dientes invaden las instalaciones y se reúnen en el gimnasio para escuchar las indicaciones de su líder. Es la primera ocasión que todos se reúnen en un despliegue de fuerza tan impresionante. La llamada de alerta ha venido del despacho mismo del director, y por eso, toda la Oficina está en máxima alerta.

El director de la O. S. A. observa desde lo alto de una tarima cómo el gimnasio se va llenando de elementos listos para la acción. Es un pequeño ejército dotado de armas que nadie conoce, para hacerle frente a una amenaza que acecha bajo las entrañas de la ciudad. Ha llegado el tiempo de capitalizar el miedo. Una gran batalla se avecina en la ciudad inundada. Y mientras en la O. S. A. la tensión llega a su clímax, no muy lejos de ahí, y ajena a esa locura, una canoa de cañas verdes navega silenciosa sobre las aguas oscuras. Avanza iluminada por los rayos de la luna y de un leve resplandor áureo que escapa de ventanas sumergidas bajo el manto acuoso. Las calles han desaparecido bajo la lluvia, y con ellas, autos, camiones y gente que apenas unas horas antes, abarrotaba cada esquina, cada plaza, y cada parque. Ahora, bajo la bruma mortecina, la ciudad es un lugar extraño e irreconocible. La ciudad de México ha quedado sumergida bajo el lago de Texcoco, que ha recuperado su antiguo nivel gracias a las lluvias que no paran de caer.

Sobre la canoa de cañas trenzadas, Alfredo, Medusa, Silvia y Marina, yacen en el regazo de la diosa de las corrientes de agua, acurrucados, uno junto al otro, entre sus brazos divinos. Chalchiuhtlicue los protege del frío y de la lluvia mientras canta con su dulce voz una hermosa melodía. Y ellos sueñan con cristalinas cascadas y brillantes mariposas que aletean sostenidas por el viento. Por eso, no ven a la extraña criatura que surge de las aguas para luego sumergirse una vez más en los abismos. Ellos no sienten la canoa balancearse a la deriva, llevada por una corriente invisible. Porque Chalchiuhtlicue los ha inducido en un sueño profundo para aislarlos del terror que se encuentra bajo las aguas, y que, liberado por la corriente, ha despertado de un sueño de siglos para reclamar su venganza. Ha llegado el tiempo del misterio.

El director de la O. S. A. levanta los brazos para pedir silencio. Los murmullos que hasta ese momento llenan el gimnasio, se van apagando hasta que solo se escucha el sonido de la lluvia que golpea con violencia el techo de lámina del enorme recinto.

-      ¡Ha llegado el momento que tanto temíamos! ¡Lo que había sido enterrado bajo tierra, puede quedar libre y azotarnos con su venganza! ¡Ustedes son la última defensa que le queda a esta ciudad! ¡Han sido elegidos y entrenados para una misión gloriosa y colosal! ¡Han sido dotados de las armas más avanzadas que el ingenio humano ha logrado fabricar! ¡Van a enfrentar a los monstruos que algunos creyeron dioses! ¡Pero que solo son entidades deformes, abortos de la naturaleza sedientas de sangre! ¡Ha llegado el momento de demostrar su valor y mandar al olvido a esas entidades horrendas! ¡Marchen con la frente en alto porque ustedes son lo mejor de esta tierra! ¡Marchen con valor y traigan el triunfo! ¡Viva la O. S. A.!
-      ¡Viva!

Los agentes de la Oficina de Salvamento Arqueológico se despliegan a bordo de lanchas inflables, internándose en la ciudad inundada. Su misión es destruir las esculturas de piedra basáltica y andesita que han servido de prisión para los dioses del México antiguo. Las lanchas se desplazan con velocidad asombrosa entre edificios de metal, hormigón y vidrio bruñido. Y a pesar del ruido que producen sus motores, la ciudad está dormida y silenciosa; como si todo el cansancio de siglos de opresión, despojo y abuso, hubiera caído de golpe sobre los párpados de sus habitantes y los hubiera sumido en un letargo de ojos cerrados y quijadas abatidas; como si una fuerza invisible no quisiera testigos de las cruentas acciones que se avecinan de manera inexorable.

El Museo Nacional de Antropología está en silencio y, sin embargo, parece un organismo vivo. Algo en su interior late con una fuerza que hace temblar las celosías de aluminio en forma de serpientes del patio interior del monumental recinto. La masa que cubre 4368 m2 que sirve como paraguas del patio interior, vibra sobre la poderosa columna que lo sostiene, representación de una ceiba cósmica, mientras el agua de su fuente monumental se une al agua de la lluvia que sigue cayendo sin descanso. El corazón de cientos de entidades divinas se sincroniza en un mismo latido y hace vibrar el tzompantli metálico de 400 metros de largo con representaciones de cráneos estilizados que sirve como reja exterior del edificio. Las entidades dentro de las esculturas de piedra han pasado del sueño profundo a un despertar inquieto, porque hasta ellas ha llegado el poderoso canto de la diosa Chalchiuhtlicue, quien los previene sobre el peligro que se avecina. Luego cae en la cuenta que los dioses han tenido un ayuno prolongado y aunque despierten a tiempo, estarán demasiado débiles para luchar y defenderse. Entonces despierta a Alfredo para pedirle consejo. Luego de reflexionar un momento, Alfredo dirige la canoa de cañas verdes a través del laberinto de la ciudad inundada hasta detenerse frente a un sólido edificio de muros deslavados por el tiempo. La enorme mole de concreto es la sede del banco de sangre más grande de la ciudad, único alimento para los dioses hambrientos. Como el tiempo apremia, Alfredo despierta a sus compañeras de viaje para que lo ayuden a penetrar por una de las ventanas y de ahí, buscar el mejor camino hacia los depósitos de temperatura controlada donde se almacena la sangre.

Es una carrera contra el tiempo y Alfredo nunca ha sido un buen nadador. Tampoco Marina hace mucho honor a su nombre. Entonces son Medusa y la inspectora Narváez quienes toman en sus manos la delicada tarea de introducirse en el agua. La larga cabellera negra de Medusa flota sobre el agua enmarcando su rostro anguloso y determinado. Silvia Narváez prefiere dejarse el pelo recogido en una cola. Ambas toman aire y se introducen por una ventana en las profundidades sumergidas del edificio. Las lámparas del interior siguen prendidas y les permiten ver el camino, pero muchos objetos flotan a su alrededor dificultando su avance. El banco de sangre es un intrincado laberinto de pasillos, escaleras, puertas cerradas y cubículos. La angustia crece en todos los miembros del improvisado equipo y ante la posibilidad cada vez más remota de encontrar la sangre a tiempo, Chalchiuhtlicue decide enviar a sus criaturas lacustres para ayudar a las dos intrépidas sirenas. Tras algunos intentos fallidos, las bolsas llenas de sangre empiezan a llegar a la superficie y al alcance de Alfredo y Marina, quienes las recolectan y acomodan sobre el piso de cañas. Luego, Medusa y Silvia Narváez salen del agua y trepan a la canoa. Mientras Medusa exprime el agua de su larga cabellera negra, exclama preocupada:

-      No sé si todo este esfuerzo va a servir de algo. ¡Nunca llegaremos a tiempo al Museo de Antropología! Estamos demasiado lejos.

La diosa sonríe y levanta los brazos al cielo. Un instante después, cientos de patos silvestres bajan volando a gran velocidad y cada uno recoge un paquete llevándolo en su pico y alejándose rumbo a Chapultepec, zona en la cual se asienta el Museo Nacional de Antropología. La parvada de patos vuela en una compacta formación, agitando sus alas al viento y devorando la distancia con una velocidad sorprendente. Mientras las miran alejarse, Silvia pregunta:

-      Nunca he entendido por qué los dioses se alimentan de nuestra sangre.

Mientras Alfredo le alarga una sudadera para que se seque, le dice:

-      Bueno, parece que, en realidad, no es nuestra sangre.
-      ¿Cómo que no es nuestra sangre?
-      Pues, de acuerdo a un mito, la sangre que corre por nuestras venas, es sangre de dios.
-      ¡Qué rayos!
-      En La leyenda de los soles, Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, viaja al Mictlán.
-      ¿Y para qué viaja al mundo de los muertos?
-      Para crear a la nueva humanidad.
-      ¡Rayos! ¿Y qué tiene que ver todo eso con la sangre?
-      Pues lo que pasa es que, después de superar muchas pruebas y peligros, Quetzalcóatl roba los huesos de los gigantes de las eras anteriores que estaban en poder de Mictlantecuhtli, el señor de los muertos, y con ellos, escapa hasta un lugar seguro. Ahí, los hace polvo y se punza su pene para derramar sangre sobre ellos y fecundarlos. Con la mezcla del polvo de los huesos del Mictlán y la sangre del dios celeste, se crea a los humanos del quinto sol. Así las cosas, la sangre que corre por nuestras venas, es sangre de dios y los huesos que dan forma a nuestro cuerpo, en realidad fueron robados al dios de la muerte. Por eso, cuando morimos, nuestros huesos regresan al Mictlán y nuestra sangre va con los dioses.
-      ¡Vaya!
-      Es una idea interesante, ¿no crees?
-      ¿Pensar que mi sangre en realidad no es mía?
-      Me parece que nuestro gran error como seres humanos es creer que las cosas y las personas nos pertenecen, que son nuestras. Decimos: "mi trabajo", "mi novia", "mis hijos". Y en realidad, nada de eso es nuestro. Hoy tienes trabajo y mañana quién sabe, tu novia puede decidir irse y no puedes hacer nada para retenerla, igual pasa con los hijos; llega el momento en que tienen que vivir su vida y se van.
-      No sé. No me convence mucho tu teoría.

El sonido de varios motores acercándose saca a todo el grupo de sus reflexiones. Es un grupo de la O. S. A. que viene a asegurar el banco de sangre. En lo que dura un parpadeo, la canoa de cañas verdes queda rodeada de agentes fuertemente armados apuntándoles con sus rifles de operaciones. La cosa no pinta nada bien para el improvisado equipo de rebeldes. De pronto, de las profundidades del agua surge un sonido aterrador. Es como un estallido de furia contenida que agita las aguas, y al instante, una de las lanchas inflables vuela por los aires hecha pedazos entre gritos de miedo y de dolor. Los rifles dejan de apuntarle a los ocupantes de la canoa y se dirigen hacia la superficie del agua oscura. Los agentes caídos al agua intentan nadar hacia las lanchas inflables, pero uno a uno van desapareciendo en los abismos lacustres como si fueran tragados por la noche profunda. Otra lancha salta por los aires y una más es devorada por las aguas. Luego, en medio de la confusión y los gritos de terror de los agentes de la O. S. A., surge de las entrañas del lago, la colosal cola de una criatura fantástica, mitad lagarto, mitad pez fabuloso. Las linternas de los rifles apuntan a la criatura marina, pero antes de que puedan disparar, la cola desaparece.

De las cinco lanchas que llegaron para asegurar el banco de sangre, solo dos quedan a flote. La lucha se ha librado a una velocidad prodigiosa y el enemigo sigue oculto en las profundidades, acechando a su presa. Un tenso silencio flota sobre las aguas oscuras. Solo se escucha el acelerado latir de los corazones que empuñan rifles de asalto cargados de solución petrificante. Alfredo, Medusa, Silvia y Marina contienen el aliento. Son mudos testigos de lo que parece la escena de una película de terror. Luego, sin previo aviso, la gigantesca cola golpea una de las lanchas haciéndola estallar y los agentes proyectados por los aires no alcanzan a caer al agua, pues son devorados por unas fauces descomunales. Ante tan tremenda escena, la última lancha emprende la fuga, alejándose a toda velocidad del lugar. Pero no llega lejos, el monstruo marino le da alcance y la engulle con todos sus ocupantes. Después viene el silencio mientras Medusa, Alfredo, Silvia y Marina contemplan la devastación mudos de terror y con lágrimas en los ojos. Alfredo había leído sobre Cipactli, el lagarto negro, a quien Quetzalcóatl había derrotado para crear a la tierra, pero jamás imaginó que una criatura así pudiera existir en realidad.

Habiendo terminado con las cinco lanchas, Cipactli fija sus ojos vidriosos sobre los ocupantes de la canoa y comienza a acercarse con movimientos ondulantes. Alfredo, como el resto de sus compañeras, queda mudo de terror. ¿Acaso ellos van a ser el postre de la bestia?

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