El agua tiene memoria



Las alianzas se construyen de formas insospechadas. ¿Acaso son el resultado de fortuitos cruces de caminos, de azarosos encuentros y casuales accidentes, o acaso son algo más, algo profundo y misterioso destinado a ser así desde el inicio de los tiempos, para completar un fin que escapa a nuestra manía de comprenderlo todo? Las alianzas se construyen de formas insospechadas.

Cinco cero cinco. Cientos de alarmas suenan de manera simultánea despertando a cientos de personas en cientos de camas, en cientos de cuartos, en cientos de casas y viviendas. Gruñidos. Sábanas destapadas. Luces que se encienden. Agua que corre, llevándose el silencio de lavabos, excusados, regaderas. Los efectos de una lluvia persistente pueden sentirse en el ambiente y en el alma. Y aunque la gente se apretuja en el vagón del metro y en el interior de los camiones, no puede sustraerse a la humedad que se le mete en la conciencia, y que se desborda por las manos, la cabeza, la mirada. Es un despertar líquido en la ciudad.

El agua tiene memoria. Recuerda las rutas y veredas que alguna vez recorrió; hace mucho, antes de antes. En un tiempo que se funde en el misterio de la palabra de los abuelos, de la conseja de las abuelas, en la añoranza de lo que alguna vez fue y ya no es más. El agua tiene memoria, a pesar de que la gente haya olvidado que México era una ciudad flotante, una ciudad lacustre, resplandeciente a los primeros rayos del sol, navegada por millares de canoas repletas de mercancías. Y a pesar de los esfuerzos denodados que cada nueva administración realiza, el agua tiene memoria y hoy esta ciudad se hunde bajo un manto acuoso.

Un auto pasa sobre un charco, que estalla en mil fragmentos de humedad cristalina, congelada en la insondable eternidad de un instante. Otros autos no corren con tanta suerte, y quedan varados en el arroyo vehicular, que ha vuelto a ser caudaloso río, antes de ser arrastrados calle abajo para perderse en la neblina. Por las aceras, paraguas multicolores dotados de dos y cuatro piernas, intentan ir contra la corriente, pero tienen que refugiarse en escalinatas e interiores porque de las alcantarillas, incapaces de contener más líquido, brota el agua a borbotones. Parece que el pasado de esta ciudad pugnara por hacerse presente, por salir de las entrañas de la tierra, del inframundo ancestral. El agua tiene memoria.

 El inspector Mendoza y Silvia Narváez van en silencio, cada uno sumido en sus fluidos pensamientos. Escuchando los limpiadores de su patrulla balanceándose de un lado a otro con un ritmo acompasado, sincronizado con el ruido de las gotas golpeando el cristal del parabrisas. Pero Narváez no escucha la lluvia; Silvia Narváez tiene la cabeza llena de dudas, no puede quitarse de la mente una pregunta que le ha estado dando vueltas como disco rayado y que empieza a molestarle de veras en la boca del estómago. Y antes de que pueda darse cuenta de lo que hace, y antes de que pueda evitarlo, escucha cómo su voz se le escurre de la boca, como una bebida derramada por las comisuras de sus labios:

-      ¿No crees que esto está muy raro?
-   ¿Sigues con lo de la estatua del viajero del tiempo? Olvídate de eso. Ya nos dijeron que es una falsificación.
-      No me refiero al monolito.
-      ¿Entonces?
-      A esos tipos de la O. S. A.
-      ¿Qué con ellos?
-      Tienen tanta facha de arqueólogos como tú y yo de niños exploradores. Parecen militares, ¿no crees?
-      Y a ti, ¿qué rayos te importa lo que son esos tipos?
-      ¿Qué hacen los militares metidos con una escultura de piedra basáltica?
-      Sea lo que sea, ya no es nuestro problema.
-      No sé. Tal vez deberíamos investigar.
-      ¿Para qué? Por si no te has dado cuenta, tenemos mucho trabajo. La gente nos achaca que la impunidad sea de más del 90 por ciento.
-      Pero, ¿no sientes que hay algo raro aquí?
-      ¿Más raro que esta tromba que no para? El cielo se está cayendo a pedazos, y si sigue así, vamos a necesitar lanchas en lugar de autos.
-      Pero…
-      Mira, si mandaron militares encubiertos, debe ser una operación secreta. Hazme caso y no te metas en eso.
-      Eso es lo que temo. ¿Qué tal si es una operación clandestina? Mi abuelo siempre me hablaba del 68 y de...
-    ¡Cállate, Silvia! Hace 50 años de esas cosas. No quiero saber nada de estudiantes masacrados. Hay que mirar adelante. Ya es tiempo de olvidar el 2 de octubre.
-      ¿Vas a dejar todo así? ¿No quieres tener respuestas?
-      La verdad, no.
-      ¿Por qué no?
-      No nos pagan lo suficiente.

Mendoza acelera y se aleja calle arriba mientras la inspectora Narváez guarda silencio. Las palabras de Mendoza no han hecho más que aumentar sus sospechas y picar su curiosidad. Y la inspectora es una mujer muy curiosa. Eso lo sabe el director de la O. S. A. quien acaba de terminar de leer su expediente, lo imprime y se lo entrega a Godínez.

-      Necesito de tus habilidades, Godínez.
-      ¿Pa’ qué soy bueno, mi direc?
-      Me parece que esta inspectora Narváez puede traernos problemas.
-      ¿Quiere que tenga un accidente?
-      No. Por ahora solo síguela. Quiero saber todos sus movimientos y todas las personas con las que tiene contacto.
-      ¿Eso es todo?
-      Solo eso por ahora. ¿Aún no sabemos nada de Medusa y Alfredo?
-      Nada, mi direc. Se hicieron ojo de hormiga.
-      Sigan buscando.
-      ‘Ta bueno.
-      Llévate a Barrales. No quiero que te tomen descuidado otra vez.
-      Entendido, mi direc.

Godínez sale de la oficina del director de la O. S. A. y Silvia Narváez entra a su casa. Deja su bolso en la mesa y va hasta la cafetera de la cocina. Necesita cafeína urgentemente. Suena el teléfono.

-      Diga.
-      ¿Silvia? Hola. Soy Marina.
-      ¿Marina? ¡Qué milagro, prima! ¿Cómo estás?
-      Bien, gracias. Oye, ¿podemos vernos?
-      ¿Cuándo?
-      ¿Puede ser mañana?
-      ¿Por qué? ¿Estás en problemas?
-      Para nada, es que... tu sobrino te extraña.

La inspectora Narváez sabe que algo está mal porque su prima le empieza a hablar en clave; como en la primaria, cuando tenía problemas con algún chico molestoso. Es claro que Marina la necesita.

-      Bueno, ¿dónde nos vemos?
-      En nuestro lugar de juegos.
-      Está bien.
-      Gracias. Nos vemos mañana.
-      Hasta mañana.

Silvia Narváez cuelga el teléfono. Está sorprendida y se pregunta en qué clase de problema puede estar metida su prima Marina. Recuerda que durante toda la primaria, y aún también en la secundaria, ella había tenido que quitarle de encima a compañeros molestosos que querían abusar de ella por su afición a los libros. La llamaban “rata de biblioteca” y algunas otras linduras. Y ella había tenido que poner en su lugar a más de un chico grosero. En compensación, su prima la había introducido en el fascinante mundo de los libros. La inspectora Narváez suspira, luego camina hasta su alcoba, se cambia de ropa y toma unas botas de hule. Regresa a la cocina y sirve café en un termo. Toma su gabardina, su arma y un paraguas, y aborda su auto rumbo a la librería de su abuelo. Pero no toma la ruta más directa a su destino, su entrenamiento le ha enseñado a no seguir rutinas, cambiar horarios, rutas, y siempre estar alerta. Mira constantemente por el espejo retrovisor y es así como se da cuenta de que un auto parece seguirla bajo la lluvia. Gira y acelera, avanza hasta una esquina y vuelve a girar en redondo solo para confirmar si el auto la sigue. Así es, no cabe duda. La está siguiendo. Acelera y vuelve a girar entrando en un callejón. Apaga las luces y el auto pasa sin verla. Espera un momento y luego sale del callejón y se estaciona. Sale del auto y se encamina hacia la entrada del metro, perdiéndose entre la multitud que se arremolina en la entrada para refugiarse de la lluvia. Compra un boleto en la taquilla y espera en un rincón para ver si alguien la ha seguido. Una vez que se asegura de haber perdido a su perseguidor, aborda el vagón del metro.

Veinte minutos después, Silvia está frente a la cortina metálica de la librería de viejo del abuelo. Golpea con la mano en la puerta y un instante después la recibe su prima Marina, haciéndola pasar. Ambas se abrazan.

-      ¿En qué rayos andas metida, primita?
-      Ven, quiero que conozcas a unos amigos.

Marina lleva a Silvia hasta el lugar de los libros que no fueron, donde se encuentra con Medusa y Alfredo. Todos se sientan sobre las blancas hojas, y conforme avanza la noche, Silvia va de un asombro a otro. Hasta que todos sienten que el agua les llega hasta los tobillos. La lluvia no ha dejado de caer en todo el día y toda la noche. La ciudad se hunde bajo el agua que no deja de brotar de alcantarillas y que empieza a colarse por todos los rincones. Los cuatro corren por escobas y cubetas intentando salvar los libros y manuscritos, pero pronto entienden que la lucha contra el agua es inútil y que, si no salen de allí pronto, quizás ya no podrán hacerlo. Marina intenta abrir la puerta, pero el nivel del agua ya hace imposible moverla. Entonces Medusa le pregunta a Alfredo:

-      ¿No dijo Tláloc que nos iba a enviar ayuda?
-      Pues sí lo dijo.
-      Si él piensa que ahogarnos es una buena forma de hacerlo, está muy equivocado.
-      Ya llegará, pero ahora tenemos que salir de aquí.

Alfredo intenta levantar la cortina de metal, pero no puede solo. Entonces Medusa, Silvia y Marina le ayudan. Con dificultad logran alzarla lo suficiente como para sumergirse bajo ella y salir nadando. El agua está turbia y fría, y es difícil nadar con ropa y zapatos, pero tras un intenso chapoteo, salen a la calle. No tienen mucha oportunidad de celebrar porque afuera les esperan los agentes especiales Godínez y Barrales que, aunque en un principio fueron despistados por Narváez, pudieron encontrar el rastro de la inspectora y ahora les apuntan con sus armas.

-      Mira nada más. Después de todo, sí había cucarachas en este lugar.
-      Y estas cucarachas saben nadar.

Las risas groseras de los dos agentes se ven interrumpidas por un poderoso remolino que los arrastra con fuerza y los succiona bajo el agua. Los agentes luchan en medio de gritos de desesperación e inútiles intentos de nadar fuera del vórtice, pero la fuerza que los jala bajo el agua es más poderosa que ellos y al final, pierden la batalla y sus cuerpos flotan inertes alejándose con la corriente. Un instante después, surge de las profundidades, una mujer con un penacho de plumas verdes y el rostro pintado de amarillo. Al verla, Alfredo exclama:

-      ¡Es Chalchiuhtlicue, la de la falda de jade!
-      ¿Quién?
-      La esposa de Tláloc, diosa de los ríos, los lagos, de las corrientes de agua y del amor.

Instintivamente Medusa levanta su arma, lista a petrificar a esa entidad, pero Alfredo la detiene.

-      ¿Qué haces? ¿Estás loca? Esta es la ayuda que nos envió Tláloc.
-      Lo siento. Es la costumbre.
-      Guarda eso.

Medusa guarda su arma y Alfredo comienza a hablar en náhuatl con Chalchiuhtlicue, lo cual parece agradarle a la diosa. Tras un corto intercambio de saludos, la diosa extrae de las profundidades del agua, una canoa de cañas entrelazadas. Todos suben a bordo y la canoa se aleja envuelta en una neblina densa que los oculta de las miradas indiscretas. Mientras navegan sobre calles anegadas y entre edificios antiguos, Medusa pregunta:

-      ¿A dónde vamos?
-      Lejos de aquí.
-      Ya lo veo, ¿pero a dónde?
-      A Xochimilco. Vamos con Tláloc.
-      ¿Por qué allá?
-      Porque como están las cosas, parece el lugar más seguro.
-      Pero si los de la O. S. A. quieren eliminarnos, ¿no crees que también querrán ir por Tláloc?
-      Por eso tenemos que estar juntos, así podremos defendernos mutuamente.
-      Pero somos muy pocos para hacerle frente a la O. S. A.
-      Entonces, tendremos que ser más. No podemos escondernos por siempre y tal vez ha llegado el momento de dejar de huir y empezar a atacar.
-      ¿Atacar? ¿Tú y yo solos? ¿Estás loco?

Entonces Silvia Narváez y su prima Marina dicen:

-      Cuenten con nosotras. Ya estamos metidas hasta el cuello y parece que esto ya no tiene marcha atrás.

Todos guardan silencio. Su futuro es tan incierto como la neblina que los cubre. Solo una cosa parece clara: la lucha está a punto de comenzar.

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