El lugar de los libros que no fueron




El sol empieza a asomarse por encima de las azoteas cuando el director de la O. S. A. llega al lugar de los hechos. El ambiente está húmedo y fresco, y de las alcantarillas se elevan vapores que generan una ligera neblina, lo que acentúa el sentimiento de expectación y morbosa curiosidad de la gente que aún permanece en la calle. Cuando baja de su vehículo, van a su encuentro los inspectores Mendoza y Narváez, quienes tienen totalmente acordonada la zona en la que se encuentra el inquietante monolito de piedra basáltica de un hombre a punto de disparar su pistola. Hasta ese momento, ya han interrogado a los vecinos, y todos coinciden en que escucharon disparos, pero al salir a ver lo que pasaba, solo encuentran el monolito abandonado a media calle. En los alrededores aún están varios reporteros que, como buitres a la caza de una jugosa noticia, se mantienen en espera de un comunicado oficial. Al director de la O. S. A. le toma solo un instante comprobar que la operación de la noche anterior ha fracasado, y que todo se ha vuelto un circo que debe contener lo antes posible. Mientras inspecciona el monolito en silencio y con un humor sombrío, Mendoza se le acerca y pregunta:

-      ¿Qué opina?
-      Es una falsificación.
-      Pero, parece tan real.
-      Tenga por seguro que nuestros antepasados no esculpieron guerreros armados con pistolas.
-      Claro. Eso sería una locura.

En ese momento se integra al grupo la inspectora Narváez.

-      Yo insisto en que es un Oopart.

El director de la O. S. A. la mira con curiosidad. Le llama la atención que una inspectora de policía esté familiarizada con conceptos como ese.

-      ¿Un Oopart? Interesante. ¿Quién es usted?
-      Soy la inspectora Silvia Narváez.
-      Silvia Narváez. Vaya. Pues tiene usted razón, inspectora. Es un Oopart. Alguien nos quiere tomar el pelo.
-      Ninguno de los vecinos pudo ver quién lo trajo. Solo oyeron disparos.
-      Seguramente las detonaciones fueron para llamar su atención. Pero parece que todo ha sido una broma y no hay delito qué perseguir. Así que, nosotros nos haremos cargo de este hallazgo a partir de este momento. Gracias por su cooperación. Y si me disculpan…

El director de la O. S. A. les da la espalda, se aleja rumbo a su auto y saca su teléfono para dar instrucciones a su equipo. Un momento después, uno de sus agentes le entrega los teléfonos de Medusa y Alfredo.

-      Los localizamos en una alcantarilla a unas cuadras de aquí.
-      Interesante. Esto debe ser obra de Medusa. Pero no pueden estar lejos.
-      ¿Quiere que congelemos sus cuentas?
-      Aún no. Si acceden a un cajero automático o intentan pagar algo, podremos echarles el guante. Quiero a toda la O. S. A. en esto. Es prioridad máxima encontrarlos. Traigan una grúa para llevarnos a Barrales, y vayan por Godínez, seguro Medusa lo dejó igual, hecho una estatua de piedra.

El agente sale corriendo a cumplir con las órdenes mientras el director de la O. S. A. se reclina en su asiento. Tiene que reconocer que Medusa es buena, demasiado buena para haber petrificado a dos agentes especiales en una sola noche. Cuando la reclutaron, ella era una perdedora suicida sin nada por qué vivir, y ahora, se mostraba como una hábil sobreviviente. ¿Qué había cambiado? ¿Y por qué había venido a salvar a Alfredo pudiendo huir sola? ¿Qué papel jugaba el nuevo evaluador de riesgos en todo esto? Interesante. El director de la O. S. A. se conecta con su computadora en la oficina y descarga a su teléfono los archivos completos de Medusa y Alfredo. Tiene que entenderlos y entrar en su cabeza. Ahora ha tomado esa cacería como algo personal. Luego entra a las bases de datos de la policía y descarga el archivo completo de la inspectora Narváez. ¿Por qué? Ni él mismo está seguro. Solo es un presentimiento, pero, por alguna razón, quiere saber quién es esa mujer familiarizada con el concepto de los Oopart. Cuando termina las descargas, el sol ya refleja sus rayos en las ventanas de los edificios aledaños, y la oscuridad, huye a esconderse en los callejones polvosos. Entonces, mientras espera el arribo de la grúa para llevarse toda evidencia de “artefactos fuera de lugar”, empieza a leer los archivos.

No muy lejos de ahí, Marina camina apresurada por la calle de Donceles. En realidad, no le gusta madrugar, pero tiene que hacerlo para llegar a una de las 16 librerías de viejo diseminadas a lo largo de esa calle. Ya casi es la hora de abrir la librería que le heredara su abuelo meses atrás, y ella es la única que tiene llave para hacerlo. Así que acelera el paso, pero necesita comer algo urgentemente. En una esquina, compra una torta de tamal y un vaso grande de atole de chocolate que le caen de maravilla en esa mañana fría. Cuando llega a la librería, abre el candado y levanta la cortina metálica con un fuerte empujón. La cortina rechina al subir por la canaleta. Luego, va prendiendo las luces una a una a lo largo de cada rincón del lugar: clic, clac, clic. Los espacios se iluminan descubriendo los acervos de la librería: enormes cantidades de libros distribuidos en las mesas, colocados en los múltiples libreros o apilados en el piso. Pero sobre todas las cosas, lo que más le gusta a Marina es el espacio del fondo que se abre al traspasar una pequeña puerta. Es una habitación blanca dedicada a manuscritos de todo tipo, única entre todas las librerías de viejo de la calle, y tal vez de toda la ciudad, al que el abuelo bautizó con el curioso nombre de: “Lugar de los libros que no fueron”. Es una habitación extraña en una librería, un espacio independiente, algo fuera de lugar, por donde no pasa el tiempo, porque cuando Marina entra ahí, se olvida del mundo exterior, y solo existen esos documentos unidos por clips, ligas de goma y grapas de todo tipo que forman un extraño paisaje de ondas blancas como olas, o dunas de un desierto de papel y tinta negra. Cuando Marina entra al “Lugar de los libros que no fueron”, no puede evitar pensar en los autores de esas páginas que se quedaron en el escritorio de algún agente, o en los archivos de alguna editorial, en espera de ser leídos y dictaminados, en el limbo de la espera, sin haber sido rechazados, pero tampoco aprobados para ser un libro, y que finalmente, acabaron apilados como torres de Babel, callando sus aventuras y sinsabores. Cuando Marina se enfrenta a ese desierto de papel, no puede evitar preguntarse: ¿cuántas ilusiones rotas quedan encerradas en esas páginas sin encuadernar? ¿Cuánto tiempo, cuánta sangre mezclada con tinta sobre esas hojas de papel?

Y por eso, no deja de sorprenderle a Marina que el “Lugar de los libros que no fueron”, sea tan poco visitado por los compradores que prefieren los libros antiguos o descontinuados que abarrotan la librería. Aunque el espacio está abierto para el que quiera conocerlo, nadie más se interna en el desierto blanco, pero Marina lo ve como algo vivo y maravilloso, y pasa amorosas horas nadando sobre esas olas blancas de pulpa de celulosa. Parece que solo ella ha descubierto ese tesoro. Porque sabe que cada manuscrito es único, que no hay una copia igual en ninguna otra librería. Por obra y gracia de su abuelo, esos manuscritos solo existen ahí. Y esto, piensa Marina, hace que este lugar sea un espacio mágico y entrañable. Como si el espíritu de su abuelo estuviera siempre presente en aquél lugar.

Pero mientras Marina se pierde en estas emotivas reflexiones, Medusa y Alfredo intentan mantenerse con vida. La O. S. A. los quiere muertos y ellos no saben qué hacer. La cuestión económica es otro problema a resolver, no pueden usar sus tarjetas de crédito y les queda poco efectivo. Medusa salió de casa sin dinero y Alfredo, solo tiene doscientos pesos que le sobraron de sus compras en la feria del libro de Minería. Pero en cambio, tiene varios libros que puede vender y obtener algo más de dinero. Alfredo piensa que en alguna de las librerías de viejo de la calle de Donceles puede vender sus libros. Pero las bicicletas de bambú son demasiado llamativas. Así las cosas, no les queda otro remedio que abandonarlas en el cuarto, y salir lo más discretamente posible de ahí. Mientras caminan por la calle, Alfredo toma la mano de Medusa, y así enlazados, se alejan calle abajo camuflados entre miles de personas que, a esa hora, caminan rumbo a sus trabajos.

En un puesto de periódicos, Alfredo ve el encabezado de un diario: “¿Viajero del tiempo? Extraña escultura encontrada en la calle”. Sin pensarlo, compra el ejemplar y va directamente a la sección policiaca para leer los pormenores de la nota.

A altas horas de la noche, los vecinos del centro histórico de esta ciudad, escucharon cuatro detonaciones de arma de fuego y al salir de sus viviendas, se encontraron con un extraño monolito de piedra basáltica parecido a los encontrados por arqueólogos en las excavaciones del templo mayor. De acuerdo a expertos que llegaron al lugar, el estilo es consistente con otros monolitos de la época prehispánica, sin embargo, lo desconcertante es la figura representada en esa piedra de basalto: un hombre con ropa moderna y un revólver en la mano. ¿Acaso este es un viajero del tiempo o una broma de mal gusto? Las fuentes policiacas consultadas en el lugar de los hechos, se negaron a dar mayor información, y confirmaron que la Oficina de Salvamento Arqueológico es la encargada de continuar con las pesquisas para desenmarañar este extraño e inquietante suceso.

A un lado del texto aparece la foto de Barrales convertido en piedra. Alfredo observa detenidamente la foto y dice:

-      Eres buena escultora. Me gusta tu atención a los detalles.


Medusa no responde. Tiene los ojos muy abiertos, fijos al frente. Entre la multitud de personas que deambulan por la acera, ve a Barrales caminando en su dirección, buscando entre cientos de rostros el suyo. En la otra acera, Godínez hace lo propio. Son como perros de presa, imposible seguir de frente y pasar sin que los vean. Medusa jala a Alfredo como si lo fuera a besar y le dice:

-      ¡Mierda! ¡Ahí vienen! No sé cómo lo hicieron, pero los dos matones de anoche, ya no están petrificados.

Alfredo camina de espaldas y se introduce en la primera librería que encuentra abierta. Marina escucha la campana que anuncia que alguien ha entrado a la tienda, y sale a ver quién es. A contra luz de la puerta, ve las siluetas de una pareja que camina a paso acelerado hacia ella.

-      Buenos días. ¿Los puedo ayudar en algo?
-      ¿Tiene un cuarto apartado donde podamos charlar?
-      ¿Perdón?
-      Tengo unos libros que quisiera venderle.

Antes que Marina pueda responder, Alfredo y Medusa la toman del brazo y prácticamente la jalan hacia el interior del “Lugar de los libros que no fueron”, que es la habitación más recóndita de toda la librería.

-      ¡Dios mío! ¡Llévense el dinero de la caja, pero no me hagan daño!
-      Tranquila. No vamos a hacerle daño, solo queremos escondernos.
-      Por favor, yo no quiero problemas.
-      Mire, hay dos hombres de traje y corbata con facha de soldados que quieren lastimarnos. Solo queremos escondernos mientras se van.
-      A cambio le voy a dejar estos libros que pensaba vender.

Alfredo le muestra los libros que trae en su mochila. Marina los ve y piensa que alguien que lee a esos autores no puede ser un malvado. En ese momento suena la campana de la puerta y el rostro de terror de Medusa acaba por inclinar a Marina a su favor.

-      Escóndanse, y que estas olas de papel los protejan. Haré lo que pueda.

Luego Marina sale, y a contra luz de la puerta, ve las siluetas de dos corpulentos hombres vestidos de traje.

-      Buenos días. ¿Los puedo ayudar en algo?
-      ¡Claro! Estamos buscando dos ejemplares raros y escurridizos.
-       ¿Tiene el título y el autor?
-       Lo que buscamos no son libros.
-       Pues entonces, no creo poder ayudarlos, esta es una librería.

Godínez se acerca a Marina y le muestra las fotos de Medusa y Alfredo mientras Barrales saca su arma y revisa la librería.

-      ¡Dios santísimo! Acabo de abrir y casi no hay dinero en la caja, pero, llévense lo que quieran.
-      ¿Ha visto a estos dos?
-      No ha venido nadie. Acabo de abrir.
-      Bueno, señorita, usted se queda aquí muy calladita mientras nosotros vemos si no tiene cucarachas.

Mientras Godínez y Barrales avanzan registrando todo, Marina se esconde detrás del mostrador y se queda acurrucada en el piso paralizada de miedo, con la certeza de que esto va a acabar muy mal. Escucha los pasos de los matones deambulando por la librería y solo puede imaginar que llegan a la puerta más recóndita, al “Lugar de los libros que no fueron”. Entonces empieza a rezar pues sabe que, si encuentran a la pareja, ella también va a pasarla muy mal. Las lágrimas se le quedan atoradas en los ojos y se le seca la boca. Ya solo espera escuchar los disparos, pero en su lugar, oye unos pesados pasos acercándose y luego, la desagradable voz de Godínez:

-      Tenía razón. En esta librería no hay cucarachas. Disculpe las molestias y que tenga un lindo día.

Marina escucha que los dos hombres se alejan, luego suena la campana que anuncia que ambos salieron a la calle. Entonces rompe a llorar. No entiende qué ha pasado. ¿No los vieron? Imposible. El “Lugar de los libros que no fueron” es pequeño y no tiene puertas ni ventanas. Marina se levanta y va directo a la puerta para jalar la cortina metálica y cerrar la librería. Luego corre a la habitación blanca del fondo y con sorpresa, ve que en realidad, solo están las torres de hojas blancas. Marina no entiende qué ha pasado. Se acerca a los manuscritos, y de repente, las hojas se mueven como las arenas del desierto que responden al silbido del viento, como las olas del mar impulsadas sobre la costa rocosa, como espigas de trigo sobre un campo de cultivo. Toda la habitación cobra vida, parece que canta una suave tonada de papel, y lo que parecían montones de hojas abandonadas, se elevan por los aires descubriendo a Medusa y Alfredo acurrucados en su interior, a salvo de la mirada de los extraños, a salvo de todo mal. Entonces Marina recuerda lo que un día le había dicho su abuelo:

-      Cuida este espacio como algo vivo, y tarde o temprano descubrirás la bondad condensada en estas hojas de papel.

Marina se limpia las lágrimas y les dice:

-      Están a salvo. Esos hombres ya se fueron y acabo de cerrar la cortina de metal. Nadie más va entrar.
-      Gracias. Nos ha salvado la vida.
-      En realidad, no fui yo. Fueron estos documentos y manuscritos, pero no sé cómo. Es algo que no puedo explicar.
-      Hay tantas cosas extrañas en esta ciudad.
-      ¿En serio?
-      ¡Uf! Si le contáramos…
-      Bueno, pues tenemos tiempo, porque después de lo que ha pasado, no pienso volver a subir la cortina el día de hoy. Además, me encantan las historias.

En ese momento, las hojas vuelan formando sillones mullidos de papel donde los tres toman asiento, Medusa y Alfredo empiezan por contarle de la Oficina de Salvamento Arqueológico y de algunas cosas más. Pero afuera de los muros de la librería, decenas de agentes encubiertos recorren las calles buscándolos. Por ahora están a salvo, pero esta cacería apenas comienza.

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